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EL FLAMENCO. Rosas y espinas del cante

Perfiles Flamencos. 27.12.09 

Capítulo IL. No es necesario ser un gran aficionado al cante flamenco para que la voz de un cantaor, en un momento de inspiración suprema, te raje por dentro arañándote las entrañas aun sin saber lo que éste esté cantando. Porque a veces, más que por el oído, lo que importa para el que escucha es que el cante le penetre, poros adentro, hasta la sangre. Y es entonces cuando puedes sentir esa fiebre devoradora que consume al cantaor y que, si te la contagia, hace que llores y que sufras y que mueras con él. Y en ese instante, ¿qué te importa a ti lo que cante si, posiblemente, ni él mismo lo sabe? Porque es su corazón el que, rompiéndosele en la garganta, trata de echar fuera todas las negruras de sus penas, en lamentos que cortan el aliento a quienes los escuchan. Quizás sea eso y no otra cosa lo que nos ha llevado a muchos, después de oír cantar una primera vez, a asomarnos de nuevo a ese pozo insondable de “jondura” negra y dolorosa, para seguir gozando y sufriendo al mismo tiempo con la voz desesperadamente agónica del cantaor.


      Por supuesto, no todos los cantaores son capaces de transmitirle ese solivianto a la sangre. Ni siquiera son muchos y aquel que lo consigue, tampoco es seguro que lo haga cada vez que canta porque no siempre estarán con él los duendes, invisibles y esquivos, de la inspiración. Pero si aciertas a vivir uno de esos momentos en que el cantaor está solo con el mismo y cantando sólo para él, es casi seguro que un veneno agridulce te penetrará venas adentro, amarrándote con lazos indisolubles al vértigo del cante flamenco. Aunque aún no sepas distinguir lo que está cantando Pero de lo que te darás cuenta, sin duda, es que el cantaor, en el desamparo de su soledad, está fundiendo en el crisol de su garganta una aleación de metales nobles, y que las notas que se desprenden de ese crisol te suenan más a cánticos litúrgicos que a música de cantes más o menos populares. Si eso ocurre así, el flamenco te ha ganado para siempre.
     Ha habido y hay muchos cantaores capaces de conmoverte hasta lo más profundo de tu ser, dejándote desamparado ante ti mismo, a condición que estén inspirados para darle forma a esa música de resonancias negras que es el flamenco; cuando el quejío, dolorosamente vivo e hiriente, le va del corazón a la boca, paralizándote la sangre como si fueras tú mismo quien sufrieras ese dolor. Porque el cante flamenco es pena más que júbilo, y congoja más que jolgorio. Y se alimenta con el dolor largo y desgarrado de las seguiriyas; con el lamento lúgubre y pausado de las peteneras; de la oscura y patética sonoridad de martinetes y tonás, o de los desgarrados lamentos de mineras y tarantas; de la tristeza melancólica de la soleá, o de la pena apuñalada de la saeta. Esas son las  espinas del flamenco.
     Pero el corazón también late alegremente abriéndose como una rosa al aire de otros cantes; y entonces, inundado por la alegría de vivir, el cantaor transmite ese supremo estado de gracia convirtiendo su cante, a golpes de compás, en el salado y vibrante optimismo de alegrías y cantiñas; en el risueño y burlesco desenfado de tanguillos y bulerías o en la pausada musicalidad de los tientos. Y esas son las rosas.
     El flamenco es pues, rosa y espina en un mismo tallo, que te libera o te condena, que te acaricia o te hiere al influjo de la voz, festiva o desgarrada, del cantaor. La rosa, abierta a la esperanza de la vida, a la alegría del amor y a la grandeza del hombre; la espina, garra que provoca la herida de los celos, que hurga en la soledad, en el olvido...y en la muerte. Pena y alegría surgiendo de un mismo amor: el amor al flamenco. Amor, pena y alegría, los sentimientos que con más fuerza gobiernan el corazón humano.


EL FLAMENCO
ROSAS Y ESPINAS

Cuando el cante convierte en agonía
el latir de la sangre por tu vena,
empiezas por atarte a su cadena
y acabas por sufrir su tiranía.

No importa declararte en rebeldía,
que el cante ya te impuso la condena:
matarte lentamente con su pena
o bien con arrebatos de alegría.

Las dos muertes del cante son hermosas,
aunque son sus espinas y sus rosas
gozo y dolor en un contraste eterno;

porque desde el inicio de su Historia,
si sus rosas te asoman a la Gloria,
sus espinas te acercan al Infierno.

Paco Acosta Roldán

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