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Relato: El cuarto de la abuela
Lydia Tapiero Eljarrat. 07.03.15 
Hacía semanas que Isabel no entraba en el cuartito, pero hoy era uno de esos días que lo necesitaba. Miguel se había ido un mes por negocios y a ella se le caía la casa encima. No quería estar sola. Abrió la puerta lentamente y se estremeció al ver que la mecedora se movía. Sintió la llamada de su abuela Augusta, entró muy despacio y se sentó en el taburete junto a la mecedora, cómo solía hacer cuando la anciana vivía. Y esperó. El chirrido de una bisagra dejó la puerta de un armario semiabierta, se acercó y cogió la bolsa blanca, tenía que hacerlo. Volvió a sentarse y la dejó entre sus pies, esta insistió en caerse mostrando una prenda íntima de color celeste, una liga. Isabel la cogió con morbo imaginando a su abuela con ella. La estudió por todos lados y vio que en su interior había unas iniciales desconocidas S. B. y sin poder evitarlo deslizó la liga por su pierna sintiendo un dulce cansancio que se fue intensificando cada vez más. La mecedora la invitó acunando sus sueños. Los ojos se cerraron llevándola a otra época, sintió el pomo frío cuando abrió la puerta y salió llevando una carta y una maleta, pasó frente a un espejo reconociendo sus pelos rubios dentro del gorro, paró en una esquina y volvió a leer la carta de Alejandro para inyectarse fuerzas.

Mi amada Augusta:
Después de estos dos años de insoportable separación he conseguido un buen trabajo, con el que podremos realizar nuestros sueños y formar una familia, en un año más seré lo bastante distinguido para pedirle la mano a tus padres, si tu amor es tan profundo cómo el mío y se que lo es, me estarás esperando.
Siempre tuyo
Alejandro

Augusta sintió la furia crecer al recordar las palabras de su madre, ‘Te hemos arreglado un matrimonio perfecto, el hombre es un poco mayor pero viene con una dote suculenta. No te faltará de nada’. Una bofetada de frío la sacó de su trance, agarró la maleta con el puño apretado y se alejó sin saber adonde. Al cabo de un tiempo empezó a aminorar la marcha, las calles le resultaron extrañas, oscuras y cada ruido la encogía del miedo. Distinguió a lo lejos un destello de luces y se acercó. Vio a mujeres vestidas con ropas de colores extravagantes, muy pintadas y con grandes escotes. Se sintió fuera de lugar y siguió caminando sin fuerzas. No se atrevió a parar en ningún sitio, pero tampoco quiso volver a las calles oscuras. Un Fiat 600 de color negro paró a su lado, salió de él un hombre que reaccionó con indignación al verla allí y prometió ayudarla. Augusta se acordó de su padre y sintió la llamada de la salvación. Le agradeció tímidamente con la cabeza agachada y entró mientras él sujetaba la puerta. Un silencio molesto se creó entre ellos. Augusta deseaba abrazar a su madre, y lloró. El hombre paró el coche en un escampado, ‘atrás estarás más cómoda’ le dijo. Augusta se acostó en el asiento de atrás. Estaba agotada, y le pidió por favor que la llevara a casa. Las risas del hombre le sonaron a burla y cuando se incorporó asustada, él la empujó hacia atrás poniéndose encima de ella. Agustina luchó con todas sus fuerzas para escapar, pero su peso le apretaba el pecho. No podía respirar. El hombre enloquecido empezó a rasgar sus ropas, le arrancó las bragas y se desabrochó el pantalón. Ella cerró los ojos fuerte, muy fuerte y sintió el dolor de un cuchillo clavarse hasta su vientre, creyó enloquecer de miedo cuando la sangre corrió por sus muslos, perdió las fuerzas y en un estado semiinconsciente abandonó su cuerpo dejándose hacer. Después de una eternidad se apartó de ella y le tiró una toalla, cómo si pudiera limpiar algo de lo que había hecho. La muchacha se bajó lo que quedaba de falda e intentó inútilmente tapar sus pechos. El coche volvió a la calle iluminada, paró y la arrastró hacia fuera dejándola tirada en la calle, con su maleta y un fajo de billetes a sus pies. ‘La virginidad se paga’ le dijo entrando en el coche. Una mujer se acercó gritándole ‘hijo de puta’ mientras él se alejaba dejando una nube espesa de humo negro; la ayudó a levantarse y la llevó al hostal donde ella se alojaba. Augusta pasó los días llorando. Cuando el hambre ganó a la autocompasión Susana Blanco la enseñó a vivir con aquel remordimiento introduciéndola en su mundo.

Al cabo de un año Augusta seguía vendiendo su cuerpo. Ese día ya había estado con tres clientes, ‘uno más y me voy’ pensó. Un coche paró frente ella y entró como de costumbre con la cabeza agachada. Vio de reojo como se acercaba una mano hasta sentirla en su hombro desnudo, fue un tacto tan sensible que la estremeció, entonces escuchó una voz, que creyó olvidada, pronunciando su nombre. Levantó la vista y encontró a Alejandro.

La mecedora dejó de moverse e Isabel abrió los ojos confusa. Por un instante no supo quién era. Echó una ojeada por la habitación buscando una pista y encontró frente a ella una foto de boda, reconociendo a sus abuelos Alejandro y Augusta. Sonrió a la foto y se quitó la liga fijándose en las iniciales, ‘Susana Blanco’ murmuró, la volvió a poner en su sitio y salió del cuarto optimista pensando que solo le faltaban 29 días para ver a Miguel.

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