Tu diario. Libertad de expresion
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Votar con la cabeza o votar con el corazón
Jacinto Martinez Anton. 25.07.17 
En nuestra ya no tan joven democracia, continuamos votando de forma partidista, impulsiva, casi adolescente, no sé si desde el corazón, pero en cualquier caso desde posiciones que nos hacen vulnerables a los ciudadanos a los manejos de la partitocracia en que se ha convertido el sistema político que aprisiona a nuestra sociedad.
En otros países del mundo con democracias consolidadas desde hace más tiempo que en el nuestro, el voto impulsivo es minoritario en favor del voto racional; esto lleva a los ciudadanos a votar a quienes velan por sus intereses, mejoran las condiciones de vida de sus familias, aseguran unos servicio públicos de calidad, y sobre todo cumplen sus programas electorales.
Cuando uno vota de forma impulsiva, si no se convierte en un “hooligan”, se sitúa en una posición de debilidad frente a la manipulación de los políticos. Nos sentimos casi obligados a defender lo indefendible; nuestros impulsos nos dicen una cosa, nuestra razón, nuestra inteligencia, otra; y esto nos crea un permanente conflicto individual que termina haciéndose colectivo, dando lugar a una sociedad infeliz.

También nos sitúa el voto impulsivo en una posición de debilidad, en la que estamos dispuestos a comprar todo el humo que nos venden nuestros políticos y que no tienen, a la hora de verdad, ningún parecido con la realidad que nos golpea con dureza cuando necesitamos soluciones que no se nos brindan.

El voto forofo no tiene en cuenta la gestión de nuestras necesidades ni intereses; se apoya en unas ideologías, actualmente trasnochadas, que tuvieron su sentido a finales del siglo XIX y principios del XX, pero que hoy, en un mundo globalizado, sometido al imperio de la economía, tienen sus límites cada vez más desdibujados.

Si votamos con la cabeza, nos plantearemos quién defiende mejor nuestros intereses, quién administra mejor nuestros impuestos, quién redistribuye con más acierto nuestros impuestos, quién arrima él ascua a su sardina antes que a las sardinas de los ciudadanos; en definitiva quién, al menos en mayor medida, dirige su acción política al crecimiento y desarrollo equitativo, justo y progresivo de nuestra sociedad.

Continuar hablando o pensando en claves de izquierdas, derechas, populismos, nacionalismos, etc. Solo tiene sentido para una clase política cuyo principal objetivo es auto perpetuarse en un pesebre, que llenamos y pagamos todos nosotros con nuestro esfuerzo, nuestro trabajo y nuestros impuestos.

Votemos pues con nuestra cabeza, desmontemos de una vez el tinglado, creado y alimentado por nuestros políticos, cada vez más complejo, cada vez más castrante, cada vez más exento de libertad individual; y quizás, poco a poco, volvamos a recuperar como pueblo el poder del que emanan los Estados, y que en definitiva sólo nos corresponde a nosotros de forma natural.
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