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La pasión de Laura
Jose Maria Barrionuevo Gil. 29.12.18 
Nos contaron, hace días, que Laura había venido del frío a un territorio más cálido y que su pasión era la enseñanza y su propósito, desarrollar la creatividad, o sea, abrir nuevos caminos, no volver por los siempre trillados, donde alguno que otro ya se había llevado el grano sin moler. También, el grano molido por otros a base de volver a darle a la muela de la repetición del conocimiento, ya que a muchos les encanta lo ya sabido. Memoria y creatividad son dos dimensiones humanas, sí, pero complementarias. La memoria mira hacia atrás y es capaz, con su rutina, de no hacernos aprender nada. La creatividad mira hacia delante y nos ha llevado y nos ha traído hasta aquí y nos puede seguir conduciendo los pies, aunque estén cansados.
La pasión de Laura era creadora y creativa, porque miraba hacia el futuro, que creía más que un dilatado territorio, dados sus solos veintiséis años. Sin embargo una pasión mal entendida se cruzó en su camino y le impidió seguir caminando. Una pasión inculta, con algo más que trazas de la peor historia de nuestros humanos, se cruzó con la suya en pleno siglo XXI, donde todavía resuenan los prejuicios que son capaces de enmudecer hasta a los villancicos.
Ahora las noches son frías, pero pueden calentarse con los encuentros, con los abrazos, con los besos, con las canciones. Es tiempo de fríos y necesitamos sentirnos cerca unos de otros. Sin embargo, la pasión de un asesino convirtió la pasión de Laura en un calvario, del que nos cuesta saber y entender todas las guantadas, las espinas, las caídas, las miradas, las llagas...
El escaparate, que precisamente nos asalta a la vista, con las imágenes de mujeres perfiladas, estilizadas, rejuvenecidas, tanto que parecen maniquíes vivientes, y que, como maniquíes, están cosificadas y desposeídas de vida, al menos humana, parece que se crece cada día más.
Si contemplamos, como hemos podido observar, esas imágenes tanto de asesinos con sus cruces que cuelgan de sus hombros y brillan en sus pechos o de artistas y presentadoras, con sus cruces que buscan acunarse en sus canalillos, la pasión ha sido sometida a una transformación insalubre por mor de sus propias pasarelas.
Algo estamos haciendo mal, cuando se presenta la ocasión para que cunda solamente el miedo y el pánico. El espectro es tan amplio que son pocos los que se libran de este especial quehacer de convivencia entre hombres y mujeres, porque abarca desde los asesinos confesos hasta las confesiones que cosifican los cuerpos y las vidas de las mujeres, como si fueran de segunda división, divisiones que desde luego son realizadas por los hombres, incluidos los que hablan de los “volquetes” de meretrices, por supuesto. El tema está en manos de todos, de la creatividad ética de todos, aunque no nos falten nunca la herencia de prejuicios que vienen de lejos desde la guarnición de los refranes sexistas hasta las actuales salidas de tonos de jueces y de incluso juezas.
Si la justicia se muestra, sin declararse, seducida por los intereses, por los prejuicios, por la precariedad de medios, tanto por las prisas como por las pausas (casi eternas), deja de ser igual para todos. No se puede dejar llevar ni por la ley del más fuerte ni por la ley del Talión. Tampoco puede ser caprichosa, porque sería un modelo la mar de peligroso. Además resulta ser más pesada para los que no tienen medios ni amigos. Nos viene a la memoria el nombre de Nagore Laffage que dio mucho que hablar, porque su asesino tuvo excepcionales “medios de reinserción” con los que no cuentan los que no tuvieron ni una educación ni un trabajo adecuados para ser tan bueno como se puede ser entre rejas.
Ahora no nos pueden repetir hasta la saciedad que Bernardo dice que “se encaprichó” de Laura, como si eso le excusara, siguiendo el guión de que la mujer es un objeto que encapricha.
La historia de los amores, de los corteses y de los románticos, está pasando a la historia sin memoria, ya que no es aprovechada para aprender. El Renacimiento, con toda su imaginería de desnudos, ha sido olvidado en cuanto al culto que en el fondo se concedía tanto a hombres como a mujeres, solo por ser quienes eran. La belleza podría ser, también entonces, una excusa; sin embargo los artistas nos educaron la mirada y nos acostumbramos a contemplar esa belleza, sin más. Todos tenemos que aprender y recordar el clásico soneto de Petrarca a su amada Laura: “Paz no encuentro y no he de hacer la guerra”. (Gracias, Laura, por tu cartel del Día de la Mujer).
josemª
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