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No somos esclavos de nuestros genes(1)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 06.04.19 
Hace más de un mes pudimos asistir a una conferencia de María del Carmen Álvarez Herrero, profesora de la UMA, que nos habló sobre un tema que ya, desde hace tiempo, nos viene ocupando a todos por distintos motivos. Desde que Mendel se metió a estudiar unos guisantes, siempre nos ha inquietado el tema de la herencia genética, que no tiene muchos problemas legales, como otras herencias, pero sí nos puede tocar y comprometer en lo personal y en lo social.
”Desde el descubrimiento del ADN, como la molécula de la vida, se ha dado un gran protagonismo a los genes en detrimento del ambiente, argumento perfecto para sentirnos víctimas de la herencia que nos han legado nuestros antepasados... Sin embargo la moderna ciencia de la Epigenética nos dice que los ''interruptores'' que encienden y apagan los genes son estímulos procedentes de nuestro entorno externo (alimentos, hábitos de vida...) e interno (emociones, actitudes, creencias...). Estos estímulos pueden producir cambios funcionales en los 'genes diana' y por ello podemos aprender a activar 'genes positivos' y a desactivar 'los negativos'. Así se abren muchísimas posibilidades para mejorar nuestra salud y expandir el potencial humano. La ciencia está confirmando lo que la intuición milenaria de muchas culturas, desde hace tiempo, nos han ido legando sobre la relación entre la calidad de nuestras actitudes, pensamientos y emociones con la salud y el bienestar...
  ” Por ello podemos afirmar que no somos esclavos de nuestos genes, sino moduladores de su actividad y por tanto co-creadores de nuestra realidad.
    Entre muchas intervenciones de los asistentes, nos llamó especialmente la atención la de un compañero que nos refirió que había conocido la Epigenética de manos del biólogo chileno Humberto Maturana y que fue muy esperanzador el tema, sobre todo, para desmontar la “tesis” de la agresividad humana, al parecer, tan unida a nuestra existencia, ya que podemos ser agresivos o no serlo. Sin embargo, nos dimos cuenta de que el contertulio no pretendía montar una hipótesis ni defender una tesis. Ni siquiera nos quiso mostrar una verdad estadística, ya que con una población tan mínima (N=1), no se podía llegar  a una conclusión verdadera, a una certeza indiscutible.
    Nos dijo, no obstante, que tenía sus dudas y nos habló de que los genes tienen mucho poder, ya que los neurotransmisores  se comportan de distintas  maneras, pues no es lo mismo una dominancia del neurotransmisor GABA, que es el  neurotransmisor inhibitorio más extendido en el cerebro, que tenerla del neurotransmisor serotonina, que hace a una persona muy flexible. El GABA nos hace ser personas juiciosas, formales y rectas, dependientes, obedientes y organizadas. Mientras que la serotonina nos lleva a ser personas alegres, vitales y con gran sentido del humor.
    Pues bien, con estos mimbres nos contó que el había estado en el Seminario y que un día pusieron un cocido de garbanzos (“trompitos” le llamaban) y que un compañero no quería comerse los garbanzos. El compañero de enfrente le insistió tanto en que se los tenía que comer, que el otro chico se enfadó y le revoleó una naranja, que no le pilló la cabeza al insistente y bromista, porque de milagro esquivó el impacto. Con el tiempo nos enteramos que el compañero serio terminó siendo un agente de la Policía Armada. Este hombre, que no quería garbanzos cuando chico, con lo que sabemos hoy, era refractario al triptófano, que es un precursor de la serotonina, y, al parecer, ya era entonces poco flexible. Por lo visto, daba ya un perfil.
    Sin embargo, aparte de esta anécdota, en un entorno en que tenían la misma alimentación y también el mismo adoctrinamiento, cada uno desarrollaba su carácter, según una predisposición o dominancia genética bastante definida, ya que no todos los estudiantes del mismo centro educativo, que era interno, por supuesto, se desarrollaron según unos parámetros vitales, experienciales y educativos iguales y cada uno pudo tirar por el camino que sus bases biológicas y vitales les condicionaban, aunque no fueran totalmente decisivas ni totalmente determinantes.
    En conclusión, podemos seguir pensando que “no somos esclavos de nuestros genes”, pero la libertad necesita de una labor muy ardua para superar los condicionantes que la naturaleza de cada uno de nosotros nos ha legado. (Continuará).
josemª  
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