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Nietzsche y el discurso de la eutanasia
El Rincon de la Critica. 09.04.19 
Abel Ros.- El otro día, tras ver como Ángel ayudaba a María José, su mujer enferma de esclerosis múltiple, a morir; llamé a Nietzsche. Necesitaba, la verdad sea dicha, un diálogo socrático sobre el discurso de la eutanasia. Tras quedar con él en El Caprí, leí varios fragmentos de Ser y Tiempo y El Ser y la Nada de Heidegger y Sartre. La moral de esclavos, me decía Friedrich, es la causante de que en pleno siglo XXI, y en sociedades avanzadas, todavía el ser humano no sea libre para morir. Es el credo de la Iglesia, maldita sea, quien nos ha robado el espíritu dionisíaco. Un espíritu, de los tiempos de Epicuro, basado en los placeres de la vida y contrario al dolor y al sacrificio. Tanto es así, le dije, que la moral de esclavos – la cristiana – fundamenta buena parte de nuestras leyes. Hasta tal punto que Ángel, el marido de María, se enfrenta a diez años de cárcel por no comulgar con el espíritu apolíneo. 
En España, me decía Nietzsche, el ordenamiento jurídico está impregnado del pegamento franquista. Todavía, los valores de las sotanas pintan de cristianismo los interlineados de las leyes. Tales valores vienen recogidos en el ideario de las derechas. No olvidemos que el Pepé, sin ir más lejos, se identifica con el liberalismo cristiano. Luego, la eutanasia nunca será un derecho en parlamentos liderados por Riveras o Casados. Y no lo será, queridísimos lectores, porque la Iglesia manda mucha romana en los despachos azules. Por ello, tales líderes hablan de cuidados paliativos con tal de no cuestionar los dogmas religiosos. Un eufemismo – los cuidados paliativos – que suponen, por un lado una barrera a la libertad y, por otro la perpetuación de la moral de esclavos. Esta coacción a la decisión de poner fin al dolor choca – y valga el verbo – con la libertad – de mercado, de educación… – que proclaman, a bombo y platillo, las derechas. Es, precisamente, el derecho a la vida contemplado en la Constitución quien fundamenta, de alguna manera, el rechazo a la eutanasia.

La regulación de la eutanasia pasaría, por tanto, con una nueva regulación del derecho a la vida. Esta regulación debería ser paralela al derecho al aborto. No es "ético" que existan fundamentos jurídicos para impedir el derecho a nacer, ya sea mediante plazos o supuestos, y no haya, por su parte, condicionantes para canalizar la eutanasia. Se deberían habilitar condiciones legales – ventanas a la libertad – para que determinados pacientes pudieran elegir entre vivir o morir. Tales condicionantes – la gravedad de la enfermedad, la tolerancia al dolor, entre otros – servirían para que la muerte asistida fuera una realidad, más allá de sus sesgos religiosos. Así las cosas, es la Iglesia quien tiene la última palabra. Sin el consentimiento de los curas, sus brazos políticos – las derechas – es muy poco probable que cedan ante las demandas ciudadanas. Esperemos que algún día, las sotanas reflexionen y permitan que sus fieles pongan fin al sufrimiento. Mientras tanto, suplicaremos para que valientes como Ángel no vayan a la cárcel.
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