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Partido final
Pedro Biedma. 04.05.19 
Cansado y agotado por su eterna contradicción interna, reunió a su razón y a su corazón y les planteó un reto muy particular. Deberían enfrentarse en un partido de fútbol, eso sí, con unas reglas distintas a las habituales, el equipo perdedor asumiría todas las consecuencias.
En caso de que venciese el corazón, su cuerpo seguiría luchando hasta agotar todas las posibilidades. Si ganaba la razón, todo habría acabado para él. Ambos aceptaron su propuesta sin dudar.
El partido se disputaría dos días después, cada uno de los equipos utilizaría a los dos únicos jugadores que le quedaban.
El estadio sería “El destino cruel de la vida”, arbitraría la implacable “injusticia”.
Llegado el momento, saltaron al campo “la fe” y “la esperanza” por parte del corazón, el equipo de la razón lo formaban “las ganas de no vivir” y “el dolor intenso”, como exclusivo espectador se encontraba su cuerpo.
El partido fue el más igualado de la historia, las ocasiones se repartieron, al igual, por ambas partes.
Con el tiempo reglamentario cumplido, “la esperanza” zancadilleó en el centro del campo al “dolor intenso”, el juez hizo honor a su nombre y señaló la falta dentro del área, penalti.
El público no se inmutó, ni protestó, se limitó a observar y lanzar un pequeño suspiro de alivio.
Bajo los palos se situó “la fe”, su corazón le había dicho previamente que se tirase a la derecha. Una sonriente “ganas de no vivir” colocó a la perfección el balón, hizo gestos obscenos para descentrar al portero, anduvo varios pasos hacia atrás y tras el pitido de la “injusticia”, corrió a golpear el esférico. Con suma maestría alojó la pelota en el centro de la portería de “la fe”, quien siguiendo los consejos de su entrenador, se había arrojado a la derecha.
El árbitro pitó el final del partido, “las ganas de no vivir”, “el dolor intenso” y la razón se abrazaron para celebrar la victoria. Todo había acabado, el reto futbolístico determinó la decisión a tomar, no existieron reparos ni quejas por parte de nadie.
El corazón y los suyos, cansados, se unieron a la celebración de los contrincantes, él, abandonó las gradas y se reunió con ellos.
Hoy, pasado unos días, le he vuelto a ver. Suspendido de un olivo, a tres metros del suelo y con un collar en su cuello que le quedaba a la perfección.
Ni rastro de jugadores ni entrenadores, a sus pies, “la injusticia” reía sin cesar.
p.b.
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