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¿Adónde vamos tan deprisa?
Eduardo Saez Maldonado. 02.07.19 
“La empresa honesta tiene una desventaja competitiva” Christian Felber
El otro día supimos que Antonio Maíllo, coordinador de IU en Andalucía y diputado autonómico, dejaba sus cargos y volvía a sus labores de profesor de latín en un instituto de Aracena. Aducía Maíllo que “los niveles de estrés de la política son incompatibles con una vida saludable”. Más allá de consideraciones acerca del momento elegido para la dimisión (seguramente hubiera sido más lógico dimitir antes de las elecciones en las que se presentó y fue elegido diputado), y entendiendo que su pasado cáncer de estómago habrá, sin duda influido, esta noticia nos hace reflexionar sobre el tipo de sociedad que hemos creado y su deriva, que no afecta sólo a los políticos. Dice Maíllo también que la actividad política no es compatible con “el buen vivir”. La cuestión es, ¿qué trabajo actual es compatible con el buen vivir? ¿Aspira nuestra sociedad a que sus integrantes vivan bien y sean felices?  La respuesta es obvia: NO.
Sin embargo, la revolución liberal iniciada en Francia en 1789 se tradujo en España en una Constitución (La Pepa, promulgada por las cortes de Cádiz en 1812 y aplastada por el totalitarismo de Fernando VII poco después) cuyo artículo 13 afirmaba lo siguiente:
“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”
Este liberalismo (que los liberales actuales tienden a apropiarse) tenía mucho más que ver con el anhelo de libertad frente a los gobiernos totalitarios tradicionales y la defensa de los derechos individuales (la felicidad al fin y al cabo) que con el actual neoliberalismo económico que, una vez alcanzados dichos derechos, deviene en capitalismo salvaje que vuelve a coartarlos y que ha conseguido meter a nuestra sociedad en un camino sin retorno donde correr cada vez más, ganar cada vez más dinero a costa de pisotear los derechos de cada vez más personas y ser cada vez más “competitivos” es nuestro único objetivo.
Maíllo se va estresado, pero se encontrará en el instituto con un sinfín de trabajo burocrático que hacer para cumplir el expediente. Y esto a pesar de ser enseñanza pública. Los que tenemos experiencia en multinacionales hemos podido comprobar en los últimos lustros que la presión por los resultados es cada vez mayor, cada vez más agresiva, cada vez más cortoplacista, dejando de lado consideraciones particulares e incluso expectativas de futuro a largo plazo que han sido desbancadas por los resultados cada vez más inmediatos. Por supuesto, los aspectos colaterales que no sean inmediatamente traducidos en beneficio económico (por ejemplo aspectos medioambientales) son ignorados salvo lo obligado por la legislación vigente haciendo cada vez más actual la frase que encabeza este escrito y sobre cuyo autor volveré más abajo.
Me llamaba la atención un titular que leí el otro día de una entrevista a Juan Luis Arsuaga, que decía algo así como que “la vida no puede consistir en trabajar toda la semana para ir el sábado al supermercado”. Quizá esta reflexión tenga que ver (conociendo la actividad de Arsuaga) con lo que defiende Noah Harari en su best seller “Sapiens: de animales a dioses” acerca de que el paso de hace 10.000 años de la sociedad de cazadores recolectores a una sociedad agrícola y sedentaria supuso un primer paso hacia la infelicidad. Esto ya tiene mal arreglo a estas altura, desde luego, pero el hecho es que nos hemos metido últimamente en una dinámica de estrés y trabajos infelices que además nos está llevando al suicidio colectivo por temas ambientales y demográficos.
Pero quedémonos con la esencia del artículo 13 de “La Pepa”. El objetivo es la felicidad. No el enriquecimiento contínuo, no el acúmulo de dinero y poder en pocas manos, no el crecimiento perpetuo de la economía hasta no se sabe bien cuándo. No. El objetivo es el bienestar de los individuos que componen la Nación, que componen, en definitiva (porque esto hace ya tiempo que ha trascendido el ámbito local) el Planeta sin olvidar al resto de sus habitantes.
Y esto sin entrar en urgencias históricas relativas a amenazas que nos hemos buscado solitos como cambio climático, agotamiento de recursos, etc. Tenemos que ir pensando, pues, en derogar el capitalismo e idear otro sistema que sea, como dice Maíllo, “compatible con el buen vivir”. Hay ya propuestas como la “Economía del bien común”  de Christian Felber a la que igual estamos prestando menos atención de la que debiéramos (1).
 
(1)    https://youtu.be/TSInPtbZhKY
 
Eduardo Sáez Maldonado
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