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Nuevo  testamento
(Religión aparte LI)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 06.07.19 
Ya hace tiempo, hablábamos de que en España había una serie de reinos de Taifas, que podríamos considerar algo así como sucursales del Estado Vaticano, pero que gozaban de notable independencia o,  al menos, autonomía, como podíamos comprobar cada dos por tres. En estos reinos había cierta o bastante distancia con lo que el Estado Mayor Vaticano pudiera decir al mundo, incluyéndonos a nosotros. No nos extraña nada que el tiempo pase y tengamos que seguir hablando de cierta herencia recibida, a la que nos resulta difícil renunciar. Durante bastante tiempo hemos querido despejar nuestras mentes, para que los neurotransmisores no nos metieran en conductos y conductas de pensamientos nada flexibles. Claro, que un testamento es un testamento.
Es verdad que no hemos sido citados a ejercer ni siquiera como testigos y, como además estamos en nuestras cosas, podíamos seguir disfrutando de este “buen tiempo”, que nos trae fritos. Sin embargo, cuando un enviado y, ahora, llamado del Vaticano, nos dedica una calurosa despedida, nos puede entrar por el cuerpo y por el alma “una caló”, que se nos hace ya demasiado asfixiante.
    Está visto que una personalidad de alta talla, como es un Nuncio, no puede dejar tristes ni ajenos a los de su parroquia. Tiene que hacerles caer en la cuenta que la resurrección existe y que hasta el poder político español puede ejercer este especial favor a un insigne hijo de la Patria, por si hubieran sido pocos los honores que ya se le tributaron en vida, vida española y muy española, porque no se atrevió a salir nunca de nuestro terruño.
    El señor arzobispo, Renzo Fratini, nuncio apostólico del Vaticano, a nuestro parecer,  ha abierto un testamento que no tiene nada que envidiar al del propio dictador, en el 1975. Ahora volvemos a las andadas de tener que escuchar que esto “divide a España”, cuando el dictador hizo algo más que dividirla. Nos cuenta que es por “motivos políticos”, pues claro, no son militares, ya que fue un tema zanjado en el Parlamento Español y si alguien se abstuvo en el Parlamento podría seguir así, absteniéndose. Si son por “motivos ideológicos”, no hay que quejarse, porque el señor Nuncio también tiene los suyos. Aunque intenta dar una de cal y otra de arena, sus consideraciones, su nuevo testamento, son de la misma familia política de los que claman por la división de España, pero que su idea de unidad pasa por Madrid Central, donde todos serán libres de respirar los malos humos, también, de los vehículos de motor. Tampoco podemos “olvidar el mal”, porque no faltarán epígonos que santifiquen al dictador, como ya, según nos dijeron, se hizo en “El Palmar de  Troya”.
    Como todos los jubilados, el Nuncio del Vaticano está llamado a descansar, aunque, eso sí, puede opinar lo que quiera, pero su excelso y eminente poder le puede sugerir, a la vez, que mida  las palabras, porque el personal enseguida saca las varas de medir, aunque no sea para ajustar cuentas. Difícil testamento es el que nos deja, pero no todo el mundo es tan ecuánime, como para considerarlo una opinión más, como muchísimas de las que afloran en los medios.
    Y “por ser vos quien sois”, la elegancia del discurso no está reñida con la moderación y la objetividad. No está la Iglesia tan necesitada de tomar partido, político, se entiende. Aunque eso sí, puede mirar hacia dentro y ser más autocrítica, para que no se le confunda con un partido político. Desde hace tiempo nos ha parecido que la autocrítica, adornada con humildad, también santifica.
    Como siempre hemos hablado de “Religión aparte”, ya en su día, también tuvimos que considerar inadecuado el viaje de una ministra socialista española al Vaticano, con el consabido tema de la exhumación y su correcta reinhumación, eso sí, todo lo respetuosa que se pueda, y no de la resurrección, de los restos de quien rigió los destinos de España con mano de hierro, si bien no cumplió, quizá, salvíficamente con el adagio evangélico, allá por los olivos de Getsemaní, de que “quien a hierro mata, a hierro muere”.
    Preferimos quedarnos con los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús, no por el adagio que el Maestro le recordó a Pedro en el Getsemaní ni por la conversación sobre la muerte del Nazareno y el cumplimiento de las Escrituras, sino, precisamente “al partir el pan”.
josemª  
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