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Crónicas del otro “Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
El robo de la gorra de Roque (Historia post mortem)

Cuentos y relatos globales. 03.11.19 
*Justo es que pierda lo suyo, quien robar quiso lo tuyo.
A sus recordados familiares, a sus vecinos y a mis amigos de la Calle del Palenque.

Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Hay robos que nunca deben hacerse (algunos, quizás, no lo discuto), pero este no; porque no fue el cometido el millonario hurto a un banco o a una prendería en medio de un violento tiroteo entre ladrones y policías, llevándose los primeros el valioso botín.
Aquella vez a Roque, el de Modesto, le robaron su gorra tradicional; el símbolo de su orgullo. Su gorra de tela azul de visible logotipo amarillo haciéndole publicidad a las “Pilas Varta”.
Y es que en este caso, hay que decir las cosas como son. Si para John Wayne, su sombrero era infaltable encima de su cabeza como distinción de su caracterización de hombre rudo del Oeste Americano en cada una de sus películas; si para el saludable cuáquero colorado y cachetón del pote de Avena Quaker, igual su sombrero alón fue una alegoría que le dio la vuelta al mundo en los teteros de los bebés y las coladas de los viejos de ancianato, para Roque, el de la Calle del Palenque, su inquitable cachucha azul con el logo de las “Pilas Varta”, fue una especie de meritoria corona elevada a la justa categoría de su verdadera identidad.

A Roque no se le conocía por su cédula de ciudadanía sino por su distintiva cachucha que no se quitaba ni para respirar ni para lo otro…Desayunaba, almorzaba y cenaba con ella puesta. Su salud era inmejorable con ella puesta. Se miraba al espejo y, con una leve sonrisa, sintiéndose hermoso por completo, sin malestares ni por fuera ni por dentro, salía a la calle a lucirla como complemento directo de un Roque enteramente feliz cuya gorra tenía fama propia.

Usted decía Roque, y era como si dijera “Pilas Varta” en el ofrecimiento de un saludo corto de los que solía dar y sin la duda de que se le admiraba por el respaldo que su cachucha de más de veinte años encima de su cabeza, le daba. En tanto encontrarse con él, no era encontrarse con Roque, era encontrarse con la publicidad más indirecta y viva de la voltaica generadora de luz y de corriente cuya empresa productora nunca supo que en la expresión de un hombre sencillo y humilde, por circunstancias de nacimiento y de bautizo, mientras el viviera, hizo de su cachucha su propio grito de guerra…! Roque, el hombre de las “Pilas Varta”!

Frente a Roque, no se podía dudar ni siquiera por un instante que se estaba frente a Roque. Su gorra lo confesaba. No era un fantasmas: era Roque en persona, en vivo y en directo, permitiéndose la libertad de entrar a todos los sitios con su atavío fácil de identificar si se extraviaba más allá de los extramuros municipales…

A “Mogolla”, a “Moncholo”, al “Carricarry” y al “Viejo Rome”, les era inherente el vacile de sus zapatos blancos o de dos tonos… Y a Roque el de su “Cachucha de Pilas Varta”, centro de su popularidad sin necesidad de chaleco almidonado. El buen caballero se hizo así mismo su reverencia acabando esta vida no con las botas puestas sino con su gorra puesta, digna de ser llevada en su cabeza hasta la entrada de los pasillos del cielo donde daría gracias a Dios por permitirle tanta elegancia…
Distinguía a Roque, el amor propio por todo lo suyo, insobornable a la hora de negociar su gorra, memoria aferrada a su original personalidad. Dueño único y absoluto de su gloriosa cachucha, gorra de viaje por la historia con canto propio que así dice:

“Tengo una gorra de lona,
Que juego fútbol con ella,
Me emborracho y tiro puño
Y la gorra no se me cae”…

…Y volviendo al tema, no sé qué le vería de valor el ladrón a dicha humilde gorra; lo cierto que ese lunes, Roque amaneció si ella puesta, la misma que, como dije antes, no se quitaba para nada. Era la novedad del día.

Dicen que cuando Roque confundido mentalmente despertó y se tocó la cabeza y no se sintió la gorra puesta, se le heló la sangre.

Quiso ir enseguida al puesto de policía a pegar el denuncio pero en el pueblo, a otros les habían robado sombreros finos y costosos y estos nunca aparecieron ni por ello pusieron preso a nadie…entonces para qué…

Alguien que a esa hora de la mañana pasó por el lugar donde Roque en ese instante de la mañana estaba pensativamente sentado, lo saludó con un adiós dudoso; lo notó raro, le faltaba la gorra. Roque, ensimismado en su tristeza, no le contestó.

Desde luego, a Roque, sin su gorra puesta se le veía insólito y como si fuera de otro pueblo… De sus labios salía constantemente un “hijueputa”. Era aquel un “hijueputa” oficial y genérico, lanzado sin dirección, le cayera a quien le cayera…

Yo no sé quién pasaba en el pueblo siendo más percibido o percibida; si Roque con su gorra o si la gorra con su Roque. Los dos, por mucho tiempo, resultaban una misma cosa…Roque no era posible sin su cachucha y esta resultaba inconcebible sin él…Tanto que si a él lo mandaban a hacer un mandado a alguna parte, uno no sabía quién llegaba primero: si Roque con su gorra o si su gorra con Roque…

La noche antes, Roque se había bebido unos tragos y no era acostumbrado en él quedarse en la calle y menos tirarse a dormir la borrachera en el sardinel o en la terraza de alguna casa; pero pasó…y “dio papaya”.

Quien le robó a Roque su gorra, aprovechando su estado de completa indefensión, lo “ raquetearía”, le esculcaría los bolsillos, no le llevó los zapatos porque no tenía; calzaba abarcas… y al no encontrarle nada de provecho, se la llevó quizás para pedirle “rescate” sin caer en la cuenta del engorroso problema en que por apoderarse de la “famosa gorra”, se metía. Pensaría muchas cosas aquel desapacible ladrón una vez cometiera su desatinada fechoría. Lucir la gorra de Roque le sería imposible. Esta era única en el pueblo, reconocidísima, más que el pícaro del alcalde, y, de haberlo hecho, tan pronto hubiese salido con ella puesta, de una, al pasar por la primera esquina, todos, señalándole, le hubieran dicho con rabia: “-Oye, no joda…Esa es la gorra de Roque. Se la robaste…Devuélvesela o te jodemos”.

Yo fui de los que pensó que el ladrón, a todas luces, parecía del mismo pueblo porque de haber sido un foráneo, sabiendo en las que se metía, sin contratiempo, lo primero que hubiese hecho era tener estudiada su ruta de escape imaginando todo un gentío que, solidario con el afectado, detrás de él corría para matarlo a palos…

Roque, casi mudo, no paraba de echar a quien fuese “hijueputas de todo color”. Le dolía no reconocerse al espejo sin su gorra. Se la habían dado como un cumplido, los promotores de “Pilas Varta” una día que vinieron al pueblo publicitando ventas…Los dos; la gorra y Roque, Roque y la gorra, forjaron entre sí una entrañable “sociedad” hasta el punto de que él, “ en su mundo de humo” decía:

-No joda ed que me la robe, lo mato”… Sus afectos para con su cachucha, eran incondicionales… Su gorra era “intocable”; era su sello, su personalidad…

Roque estaba cojonudo y, de “hijueputa” no bajaba al ladrón…Así fue ese día su despertar… Pero con todo, él nunca fue violento, lo ocupaban en cualquier oficio doméstico y lo hacía para rebuscarse, su rabia de esa vez se debía a que había dicho vendería cara su vida si alguna persona osaba robarle su gorra, intimidación que el ladrón de esta quizás no conocía o si la sabía, tendría que darse su plan de huida. Aquello no era para el perjudicado, nada gracioso.

La verdad, Roque no tenía información de nada. El pueblo, ese lunes, perezoso apenas despertaba y cada quien se ocuparía en sus asuntos.

La ira retorcía las entrañas de Roque.

Aparece ahora en la piel de esta historia el señor Benjamín Coronado, propietario de la casa donde Roque aquella noche, vencido por el ron y el sueño, se tiró a dormir. La vida, al día siguiente, comenzaba y fue él quien, al abrir la puerta de su aposento para dirigirse a la carnicería, allí, en su terraza, vio a Roque sin su gorra…y doliente y considerado ahí lo dejó hasta que por sus propios medios, el amigo de esta historia se levantara.

Las calles estaban desoladas. Benjamín atina a pasar por el frente de la alcaldía y se da cuenta que alguno, para salirse del problema del robo, sin dejar evidencia, dándose su mañana, le puso a la estatua de Simón Bolívar en la cabeza la gorra de Roque. Quiso rescatarla pero prefirió, luego de hecha su diligencia, darle la noticia al robado y traerlo hasta a la efigie y así se diera cuenta que lo que le informaba era cierto.

Benjamín volvió pero ya Roque no estaba en la terraza. Sacó su carro y fue a buscarlo a su domicilio. Con mil palabras lo convenció y lo montó en el auto y salió con él.

Llegados al sitio, Benjamín, persuasivo, le dijo:

-Viste que no es mentira. Mira, mira, ese es el tipo que tiene tu gorra. Bájate y rescátala.

Roque, conmocionado, respiraba tímido y asustado… Y entendiendo a su modo el respeto y la autoridad que significaba para él tan representativa escultura, pasándose preocupado la mano por la cabeza, con voz compungida, le dijo a Benjamín:

-¿Ñerda Benjamín…y ahora quién se la quita a Cristóbal Colón? Yo a ese tipo armao con esa cipote espada no me le meto”.

Benjamín hizo todo cuánto pudo para detener su risa; bajó del carro y con un palo largo que encontró por ahí, “desgorró” a Bolívar y le dio a Roque su estimada prenda. Este, gozoso, de inmediato se la puso y el carro se alejó del lugar hasta perderse en la bruma.

De algún lugar vecino venía un olor a café tinto acabado de color que envolvía al pueblo…

Entienden ahora, amigos lectores, por qué al inicio de esta singular narración les dije…Hay robos que nunca deben hacerse (algunos, quizás, no lo discuto), pero este no...

Walter E. Pimienta Jiménez.-

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