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La    Biblia
(Religión aparte LIII)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 24.11.19 
A estas alturas de los tiempos y a estas bajuras de nuestra civilización, no estamos, por lo que se puede ver, a la altura del tiempo que nos acoge durante todos nuestros días. De casi todos es sabido que la Biblia es el libro más leído de la historia de la humanidad. Recordamos cómo desde finales  de los años sesenta del pasado siglo proliferaron los vendedores de Biblias a domicilio y entre amigos. No podemos decir que todos los que adquirieron el Libro en aquellos momentos le dedicaran mucho tiempo a su lectura. Con todo, podemos pensar,  asistiendo a la movida cultural, social y política que nos ha tocado presenciar, que no ha sido el libro más entendido. Hemos convivido  con la diáspora del mismo texto, que también ha sido esparcido en infinidad de fascículos y cuyas interpretaciones han bailado al son no solo de los tiempos, sino  también al son de las letras, incluso de cambio, de una gran multitud de intereses.

La Biblia, con su propuesta de monoteísmo, ha hecho cuerpo legislativo con el parecer de una sociedad, que ya estaba asentada sobre las bases de una autoridad indiscutible. Sus vaivenes de una vida en común, que se movía estructuralmente en distintos parametros que se balanceaba entre poderes religiosos, políticos y sociales, no se enajenaban del paradigma de una autoridad superior a todos. No importaba que la autoridad se pudiera revestir de personalidades que podían ejercer como  jueces o omo reyes, según la sensibilidad del momento, como podemos apreciar en la Biblia.
La rigidez ética estaba asentada en el principio de una autoridad totalmente patriarcal, que ya nos avisa desde el mismísimo principio con el mito que nos cuenta del Paraíso Terrenal y su salida por pies al mundo exterior.
La Biblia no ha dejado de ejercer su didáctica autoridad a través de los tiempos, a los que les podemos perdonar, quizá, muchos de los desmanes llevados a cabo por sus eminentes intérpretes, sobre todo, los que estaban al lado del poder o por los propios poderosos.
Pues bien, después de haber pasado la historia por las manos de los que asumían y se atribuían la autoridad del mismísimo Dios, porque les parecía que Dios era demasiado paciente y no iba al enfrentamiento sino, quizá, a un diálogo, aunque fuera tácito, pensamos que ya es hora de que entre todos podíamos haber aprendido e incluso escarmentado encabeza ajena.
Henos aquí, en el siglo XXI de la Era Cristiana, que no bíblica, en que el Nuevo Testamento ha dejado hacer a los intérpretes de las verdades, más que eternas eternizantes, que vuelven a darnos la vara con la Biblia. Nos causa estupor que a la vez, que a duras penas se hace justicia con un pueblo y con un dictador, que no se merecía tantos honores, se vuelva a las andadas puritanas. Hasta la Cruz del Valle, desde un principio se quedó sola y de piedra.
Ya sabemos  cómo funcionan nuestros deshumanizados próceres. Lo apuntamos ya, hace unas semanas, con nuestro titular “Religión y neoliberalismo”. Sin embargo, como “rayo que no cesa” y que quiere apuntarse a todas las tormentas que se generan en nuestro entorno, que pretendemos más humano y humanizado, sigue el neoliberalismo impaciente e impertinente con no dejarnos ni a sol ni asombra con todas las tropelías que no le importa justificar y santificar, aunque la humanidad sea condenada  a una escalada de desastres. Desastres que a todas luces son santificados por los medios de comunicación que son incapaces de ponerse en medio, y mucho menos delante, de tanto poder que nos abruma y que se nos echa encima.
Hemos podido enterarnos cómo el señor Trump ha escogido para sus faenas a una telepredicadora. Sabe muy bien que la rentabilidad le está asegurada, ya que el miedo a la indiscutible eternidad sigue funcionando y sumando puntos de créditos, que son  inconcebibles para muchos que  tuvimos la suerte de aprender a leer y que mientras, ya íbamos aprendiendo a pensar.
La última fechoría que no despinta del pintor mayor del reino de los mortales, el autollamado en su momento como el Tío Sam, ya que parece que se las pinta solas, ha sido la autoproclamación de la presidenta de Bolivia, que ha entrado, casi a saco, en el Parlamento con la Biblia en ristre y con proclamas que hemos podido, además, interpretar como el imperio de la supremacía blanca, mezclando una vez más la política con la religión.
josemª   
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