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Piquetes   de   salvación
Jose Maria Barrionuevo Gil. 08.12.19 
A pesar de que “no está el horno para bollos”, hay todavía personal que no puede dejar de meter manos en la masa y bollos en el horno. Vuelven “las oscuras golondrinas” a pesar de que ya podemos estar en otoño. Vuelven las rosas de antaño, aunque podemos pensar que no son las de Ronsard. Sin embargo, “Las añoranzas” no nos han dado las espaldas. La nostalgia de los poderes de hace tiempo e incluso de casi siempre, hace levitar a los deteriorados cuerpos, hace asomar descaradamente los impenetrables rostros y hace resucitar las desalmadas almas de los que nos mintieron, de los que nos robaron, de los que se fueron de rositas y nos dejaron las espinas, de los que quieren que sus epígonos vuelvan a ser su imagen y semejanza.
El apocalipsis se nos repite constantemente, para que nos vuelva el miedo, para que descuidemos las verdades, para que la sinrazón sea el criterio de la convivencia. Ya estamos viendo cómo dramática y hasta trágicamente y con todo descaro saltan por los aires otra vez las frágiles democracias. Una desgraciada nómina atraviesa todo el planeta. Ya decíamos, hace tiempo, qué le estarían preparando a Bolivia, porque no nos llegaban noticias alarmantes, como las que nos han despertado durante las últimas semanas, como si el altiplano hubiera obligado a que a los demonios exteriores les hubiera faltado el aire y se hubieran tenido que comer la lengua. Pero no, la partitura que había que ejecutar se había montado con entradas a su tiempo, al tiempo del retorno de los poderes fácticos y extranjeros. Para ello se fueron afinando los distintos instrumentos, porque no nos podíamos quedar fuera del desconcierto mundial, aunque no nos gustara la música de las esferas del poder. Se pinchó constantemente a Cuba, pero no hacían caso. De todos modos China era muy respetable. Y vino todo un aire extranjero a remover la geografía de latinoamérica, poco a poco, con Venezuela, Colombia, Ecuador, Brasil, Chile... También en otras partes del mundo, como Siria, Palestina, Yemen... la convivencia cotizaba a la baja.
Toda la orquesta ya desafina y aquí se nos revuelven una vez más los piquetes de la involución, perdón, de la salvación. La democracia mundial nos está demostrando, con sus estragos, que no está dispuesta a que cambie la música, militar, por supuesto.
Sabemos que no estamos solos y hasta ni rodeados, porque nos basta que se nos alcen los magos de atrás, de antaño, de dentro, para que nos avisen de los peligros del  contubernio democrático al que las urnas han dado la venia para los nuevos modos y para los nuevos tiempos. Con lo fácil que lo tuvieron entonces, ¿por qué ahora va a dejar de ser fácil? Tienen la seguridad de que a las dificultades sobrevenidas ahora, se pueden añadir  las extrañas dificultades y las altisonantes soluciones de antaño.
Los piquetes de los poderes económicos, que han gozado durante este interregno de una paz social incalculable, incluso en monedas contantes y sonantes, pagada por los sacrificios de los débiles, alzan otra vez sus agoreras voces, porque consideran insuficiente su concedida tranquilidad y sus sustanciosas ganancias.
Los piquetes sindicales, medio dormidos, se dedican a hacer anuncios comerciales, porque una imagen dorada vale más que mil palabras de angustia. Cuando se huelen una movida, se suman, al salto de mata, para aprovechar la inquietud ciudadana, porque, si la vida se les estrangula, tienen que tirarse a la calle, como si se tratara de un terremoto... Incluso contratan vallas publicitarias.
Los piquetes religiosos, un tanto distraídos con la reconducción democrática del Valle de Cuelgamuros, ya vienen, de nuevo,  periódicamente, metiéndose en faenas terrenales y políticas, ya que es muy difícil llegar al Paraíso en soledad y quieren compartir las bienaventuranzas con todos los que padecen hambre y sed  de justicia soberana.
Los medios (estorbos) de comunicación, preñados de inquietudes tienen que dar a la luz, con todos sus pormenores, noticias de bárbaros  alumbramientos, que nos dejan cegados, y no nos permiten ver los costosos acuerdos. Nos hablan de temibles deudas con sus cuentas y se creen que no nos damos cuenta de cómo dilapidaron los recursos colectivos de los bienes comunes.
Quizá no nos hagan falta tantos piquetes, porque podemos, a pesar de las dificultades, que no serán pocas, ir demostrando que ya somos  mayorcitos.
josemª  
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