Tu diario. Libertad de expresion
Su opinión Patrocinadores Normas Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca8 usuarios en línea • Martes 18 de Febrero de 2020
Crónicas del  otro  Macondo” -Historias  para  ganarle  al  olvido-
Un justo y merecido reconocimiento en vida…
EL PROFESOR  ALVAREZ
Cuentos y relatos globales. 09.02.20 
* Estoy en deuda con mi padre por vivir, pero con mi maestro por vivir bien (Alejandro Magno)
Escribe;  Walter  E.  Pimienta  Jiménez.- El  profesor Álvarez dejó su  sitio desocupado entre  nosotros hasta hoy para irse a  trabajar  a  Barranquilla donde,  con  los  suyos,   reside. Y con  su  traslado dejó también,  en  mi  pueblo  viejo, un espacio deshabitado que,  por  respeto y  deferencia  a su rememorado nombre,  no  se  le dio a otro…y  que  allí permanece en  su  ausencia como  en  la  cabecera de  la  mesa  familiar se deja la  silla  vacía del  padre que se espera y que  aún no  llega para la  hora  de  cenar…
Tuve  el m privilegio de ser  su alumno  ( a  lo  mejor  me  corrige  porque  no  escribí  su estudiante)…, quizá  el  único que en  cuarto  año  de  bachillerato le  frustraba el  placer de  no  saberme la  poesía “Los camellos” de Guillermo Valencia diciendo… “Dos lánguidos camellos,  de elásticas cervices,  de verdes ojos claros y  piel  sedosa y  rubia”…,  estrofa de  la que no  pasaba porque yo pa’ esa vaina no salí  muy  bueno…Al  tiempo que, en  su  clase,  dubitativo transitaba en  las formas impersonales, “poco seductoras” y  correctas del  verbo haber con  sus: Hay,  ha  habido,  hubo,  había,  habrá,  habrá habido, habían, han  habido… que todavía  no  manejo  muy  bien… y  que  dejé postergadas  en  mi  libro de español de Luis M.  Sánchez quien  si  se  las  sabía todas…entretanto  él,  trataba de enderezarme correctamente mis entendederas  gramaticales por  encima de  mi  lenguaje de esquina encimándome  la tarea de  aprenderme de Bécquer “las  golondrinas” y de quienes  el  famoso  poeta,  cual  pájaros  perdidos,  dijo: “Volverán  las oscuras golondrinas en  tu balcón sus  nidos a  colgar, y  otra  vez con  el ala a sus  cristales jugando llamarán”…Pero  de allí  tampoco continuaba en  la  tristeza de  que mis pobres  “pajarracos”,  por  mi  olvido, ni iban  ni   volvían  de  parte  alguna…
Paso pos  la  casa donde  con  su  familia viviera el  profesor  Álvarez en  el  pueblo  que  se  nos  fue,  y me  parece  verlo ahí a través de la  ventana donde, por  las  tardes, pensando  lejos, fumándose  un  cigarrillo y  tomándose un  tinto,  en  el  silencio  de  su  silencio,  a lo  mejor  estaba armando mentalmente  su  viaje  de  traslado con  ganas  de  hacerse disperso por  el  mundo,  porque,  de  cierta  manera, profesor,  usted dejó en  sus  alumnos las  mejores  maneras de  su  aprendizaje…y, de usted también  nosotros,  o  más  bien  yo, el  gusto  por  las  letras a  pesar  de mi  olvido a  la  hora de recitarle  “La perrilla” de  José Manuel  Marroquín…y  de  la cual,  quejoso y  con  voz antigua,  nos decía:  “Es flaca  sobre  manera toda  humana previsión…pues  en más de una ocasión,  sale lo  que  no  se espera”…

Profesor Álvarez,  usted  fue,  en  tal  tiempo, siempre  más que eso… que  el  profe de español…y  en  cambio sí,  la  mejor hora de  clase,  mi predilecta, observando  la  vida desde un    rincón de  mi  salón en  el  Juan V.  Padilla,  aprendiendo a  admirar que en  las  poesías, las  frutas tenían colores y  olores  y  sabores…y  que las  abejas en la  poesía de  “su  familiar Enrique  Álvarez”, consentidas del  vergel y el  viento no  picaban y  eran  mansas porque venían  cargadas de  miel de  las  hierbas y  porque crecían en  las  rosas y  no  en  las  espinas…

Nos  quedamos sus  estudiantes, profesor, con  su  voz  chispeante y  espontánea en  los rincones del  viejo  colegio que  nos  pertenece en  la  misma medida en  que  a usted ayudó  a levantarlo enseñándonos  valores  y  respeto…Su  diaria  lección,  recuerdo, era  tomarnos la  vida en serio,  igual que el  estudio para  triunfar sobre la  muerte de la  ignorancia... Hace  falta aún en  el  colegio el  profesor  Álvarez con  su  corbata  juvenil de cuadros  y  de  los días  de sol… Hace  falta su  manera de torcerle el  pescuezo a  los  verbos en  infinitivo y  su  mirada  de  padre celoso cuando,  con  ojos de destrucción,  me  veía perdiendo el  tiempo por  su  casa esquineando…Y hacen  falta los  ratos de  su  guitarra para, conmigo y, como lo  hacíamos  con  Pedro Miranda,  convocar a  Piero cantando:
Vengo, desde el barrio chico,
Desde mi cuadra de casas alargadas
Yo vengo.
Vengo de mi calle angosta,
Yo no sé dónde anduviera María,
Yo vengo... yo vengo…

…Y  también  nos hace  falta el  aviso  de  su  zapateo y  su  carraspeo en  la puerta del  salón antes  de entrar a  clase sin  recortarle un  minuto al  reloj porque, honrado con sí mismo,  siempre,  siempre, para  enseñarnos el  valor infinito de  las  palabras,  le  faltaba  tiempo…

Reciba  de mí,  profesor, ahora  retirado  hace  algún  tiempo de su  cátedra, mi  justo  y merecido reconocimiento –no  sé si  tardío-  con  palabras que  antes no  me  hubiera atrevido a  escribir por  ser  palabras de sus  palabras;  palabras  que me  aprendí en  ese  su  lenguaje  cifrado para  explicarnos qué quiso expresarnos Rivera en  su  libro “Tierra de  promisión”  y  en  su  poema “Atropellados”, cuando esta metáfora indeleble  al  pensamiento,  dijera: “… resoplan,  roncos,  ante  el  sol  violento,  y alzando  en  grupo las  cabezas  locas oyen  llegar  el  retrasado  viento”.

Gracias,  gracias  profe mientras sus  alumnos  del  ayer,  de este  lado  de  la  vida,  acabado  el  recreo, seguimos  esperándolo a  usted…
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