Tu diario. Libertad de expresion
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«Noli me tangere»
Jose Maria Barrionuevo Gil. 06.04.20 
No nos toquemos. Hasta ahí hemos llegado y, sin que nadie nos empuje, nos hemos echado hacia atrás, hacia un lado; porque, eso sí, estamos rodeados, sitiados como nunca y nos han vuelto a meter en nuestras casillas, en nuestros casilleros, en nuestras celdas tan domésticas de este panal que nos parecía tan dulce, solo para consumir la poca miel que nos queda y que además nos sabrá a menos todavía. Hemos asumido que las flores se abran inútiles, porque no podemos verlas ni recoger el polen ni ayudarles a madurar. El campo verde se secará pronto y la cosecha se puede quedar huérfana y todos nosotros saldremos, si es posible, con el rastrillo de nuestros ojos a separar el poco grano de la mucha paja. Nos hemos dado cuenta, ahora sí, que “un grano no hace granero”, que el hórreo del rascacielos está deshabitado y ni siquiera le sale la voz del cuerpo.
«No me provoques ni me “protoques”», no quieras tocarme ni lo intentes, nos podemos decir, aunque sea en silencio, un silencio más elocuente que todos los discursos que se retuercen y se enredan en los aires tristes. Ahora no hay más que veros y que vernos, aunque nos levantemos tan tarde como nunca habíamos soñado. Pero se nos ha concedido tiempo para que nos quitemos las legañas y ver claro que solos y apartados no somos nadie. Además, nadie nos va a sacar de esta, aunque esta se nos haya antojado como una sola, pero tan poderosa que va a necesitar que, cuando salgamos de nuestras casas, vamos a tener que salir en tropel de nuestras casillas y que nadie nos venga con volvernos al redil de las desigualdades y de la insolidaridad y de la obediencia subliminal y malsana, que tanto nos traiciona.
Ahí están como siempre, mucho más que siempre, todas nuestras amistades y vecinos que ahora tienen más responsabilidades que nunca para atendernos en lo mínimo, pero en lo esencial, en lo más importante para nuestras vidas. Todos los compañeros de viaje que nos cuidan en los hospitales y en otros servicios imprescindibles y además trabajando a destajo para que el aire, que ahora es más puro que nunca, pueda ser respirado por todos, sin tristes excepciones.
Ahora que el aire está más puro que nunca y nos gratifica a todos por igual, aunque algunos se quejen por desigual, nos está prestando un cielo más azul. Ahora vemos más claro y con menos contaminación. Ahora volvemos a oír a los pájaros y verlos que se nos acercan con confianza. Han enmudecido los ruidos callejeros y las bocinas. No lo queremos decir muy alto, pero hasta nos llueve de distinta manera. Las DANAs parece que se han desactivado, porque ya no necesitamos más castigos, pues bastante tenemos con nosotros mismos.
Ahora las calles son un peligro, pero nosotros, también. Sin embargo, todos, aunque nos mantengamos de pie, nos vemos en horizontal, porque, no solo la muerte, sino el peligro es el que también nos iguala. De tanto andar por casa, los trajes y los luminosos vestidos han sufrido la cuarentena, porque ahora nadie es más que nadie. Sin embargo, en los hospitales, donde imperan los uniformes, se han crecido los ojos y las manos, para que no falte nada, para que no nos falte nadie, porque todo el tiempo es poco y no andamos sobrados de cuidados.
«Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos», pero cuánto nos vamos a tener que querer, cuando salgamos de esta e, incluso, desde ya, porque no hay tiempo que perder. Ahora que tenemos tiempo nos damos cuenta de lo que decía Fidel Habib: «Solo el tiempo es nuestra patria». Y desde ahora no podemos ser los mismos, porque es el tiempo el que nos une a pesar de las distancias. Con el tiempo que tenemos nos podemos conocer mejor, pero eso sí, entre nosotros, y así nos volveremos a conocer a nosotros mismos, por si se nos había extraviado nuestra sabiduría primera.
En estos días, vamos a aprender hasta de los virus, que a pesar de no estar vivos, son intolerantes con la depresión, con el desánimo, con todos los agentes externos que intentan desintegrarlos, porque su integridad tan férrea la defienden sin uñas ni dientes, pero no se asustan ni de las fantasmagóricas figuras que se les acercan y todo porque tienen una cohesión interna modélica.

«En el mar te conocí,
en donde nadie nos ata.
Agarrándonos con todos;
ese amarre es nuestra patria».


josemª
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