Tu diario. Libertad de expresion
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Burbujas  víricas
Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.04.20 
Desde la existencia de la burbuja de los tulipanes hasta la más reciente y conocida burbuja del ladrillo, nuestros pensamientos tienen que cambiar de puesto de guardia, porque no se nos puede venir abajo, una vez más, el castillo de naipes de nuestras tan frágiles seguridades,  porque no es poco lo que nos estamos jugando.
La burbuja vírica, como bola de nieve, además de llevarnos hacia abajo, nos está dejando bastante fríos. La burbuja se ha dado con todos nuestros bríos y nos ha estabulado en donde nos ha pillado. Lo mismo se nos ha venido para hacernos pensar, reflexionar, sobre adónde nos podiamos llevar a nosotros mismos, abusando sobremanera no solo de nuestra libertad sino, sobre todo, de nuestros antojos. No se nos escapa el considerar que nuestros antojos van a recaer solo sobre nuestros descendientes, como piensan en muchos pueblos, cuando a un retoño le sale un lunar difícil o una erupción cutánea bastante molesta o al menos poco estética. Nuestra antojadiza libertad se nos puede volver contra nosotros, porque puede pasar que nos la hemos estado jugando a escupir al cielo. Ya hemos visto cómo el mar nos devuelve todas las basuras que le hemos estado arrojando.
Se nos ha roto la vecindad, porque un nuevo vecino pequeño y muy incómodo ha venido a no dejarnos  vivir. Se trata de un okupa que nos trae más que preocupados. Por eso ahora vivimos con el alma en vilo y se nos está achicando el alma, porque este pequeño virus se ha tomado todas las confianzas y nos está dejando a expensas de sus andanzas y en esta primavera nos ha recluido de lleno en nuestros campamentos de invierno y con pocas armas para defendernos.
Es verdad que este vírico desafío algunos se lo han tomado como algo personal y están retando no solo al virus sino a su propio y hasta común destino. Las demandas de sensatez están haciendo aguas por muchos sitios, porque el virus de la ignorancia de este país sigue siendo una endemia con un sello histórico que campea por toda la piel de toro, de un toro que sigue dando embestidas después de muerto.
No es solamente el virus de la ignorancia enciclopédica de la gente del pueblo, sino la  burbuja de la ignorancia deliberada de la gente que se cree que está en la posesión de todas las verdades la que nos coloca en la peor de las maravillosas situaciones que el mundo nos puede prestar.
Ahora poco a poco nos estamos dando cuenta de que no nos bastamos con estas solitarias burbujas, sino que nos salen al encuentro, aunque no nos movamos del “quédate en casa”, las víricas burbujas de corte político, que, sin ningún criterio que no sea el de la supervivencia de unos pocos que abusaron de la confianza de los españoles y fueron jalonando el país de pelotazos, connivencias y descarada corrupción, se enzarzan en propalar dicterios y no argumentos ni razones. Si la procesión del virus va por dentro, por fuera se hacen virales todas las denostaciones habidas y por haber, para que ni en nuestro confinamiento nos sintamos tranquilos ni seguros.
Los medios de comunicación, como es su natural, se interponen y nos difunden el virus de la clautrofobia, enriquecida con un sinnúmero de derechos de libertad, ahora sí, de los que no saben aguantarse ni a sí mismos. Se banaliza el propio sentido de libertad, el sentido del mutuo apoyo (por mí y mis compañeros), el sentido del aislamiento necesario aunque no querido, pero que tiene que ser asumido en aras de una causa común a la vez que necesaria como es la salud, incluida la mental. Los que hace años estuvimos en un calabozo, cuando no teníamos ni transistores y no digamos móviles, aprovechábamos todo el tiempo de confinamiento estudiando. Hoy reconocemos que hay muchos más medios alternativos para vencer a este virus tan lacerante de la soledad no querida, aunque no nos tiente, ni de lejos, la burbuja del benéfico virus del estudio o de la lectura.
Aunque no seamos tan mala gente como nos dicen algunos, en el fondo todos estamos deseando que esta burbuja se vaya desinflando poco a poco y que no nos explote en las manos contaminadas y, a veces, demasiado inertes.
Nos queda por pensar que hay virus benignos y que los virus de la igualdad, la cooperación, la equidad, la ecología, la educación pública, la sanidad pública, el clima de todos y para todos... no sean burbujas que hay que explotar por la fuerza del poder y el poder de las armas. No podemos volver a la normalidad, porque como nos acaba de decir Naomi Klein “la normalidad es la crisis”.
josemª                         
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