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Señorías   y   señoríos
Jose Maria Barrionuevo Gil. 24.05.20 
La verdad sea dicha podrá ser un tema que nos cubra de dicha, si en medio de esta penuria popular y aristocrática, porque al señor COVID-19 se le ha puesto en sus numerosas y extrañas narices  demostrarnos que todos podemos o debemos ser iguales, nuestros oídos se pueden complacer en discursos que no nos hieran. La verdad sea dicha y así podemos declarar que no nos gustó lo que se dijo de “cacatúa” a una de sus señorías. También, porque sabemos que el pueblo es sabio y de siempre se ha dicho que “hablar bien no cuesta un huevo y, además, se queda cojonudamente”. Y por supuesto, la verdad sea dicha, que para un insulto solo, no merece la pena el dilapidar el esfuerzo que supone el aguantarse las ganas. Porque sus señorías merecen nuestros respetos, porque sus señorías se merecen no desmerecer, porque sus señorías se pueden enseñorear ante el respetable, que somos nosotros, con toda la dignidad de que puedan ser acreedoras, pensamos que ya están dispuestas y, sin querer, van aprendiendo, y no nos van a volver a presentar ni un tiempo ni un lugar parlamentario como el que nos hemos encontrado de un (mal) tiempo a esta (mala) parte.

La verdad sea dicha y con ello ya tenemos suficiente, porque no debe ser nuestro estilo ni nuestra forma el estilo-cotilleo de los platós que nos muestran unos platos de cotilleos agrios y agresivos.
La verdad sea dicha y nada más y nada menos, porque no vamos a dejarnos llevar de las mentiras ni de las ofensas, porque “no ofende quien quiere, sino quien puede”, aunque tengamos que echarnos a las espaldas tanta monserga extraparlamentaria y hasta parlamentaria. ¡Marchando una de callos! para que no nos hieran más nuestra  curtida  piel con “las saetas de su haz”, que se desparraman como los nuevos virus, aquellos que solo manejan el yugo para uncir y subyugar a los otros.
Si el señorío de algunas de sus señorías se ha desarrollado y desplegado en las alas de los insultos, por aquello de que no hay más cera que la que arde, Ícaro se podrá dar de bruces en el modesto pero firme señorío de la educación. La educación nos podrá permitir hasta investigar, “siguiendo las huellas”, en un quehacer incluso escolar, y hasta como ejercicios de clases a distancia, todos los insultos y dicterios, aun a sabiendas de que podrían ser impropios de una distinguida señoría.
Ya sabemos que la Lengua no es lógica, pero ello no nos obliga a ser ilógicos ni faltos de crítica, pues estas dos hermanas, hijas de la Filosofía, también debían ser de andar por casa y, también, de andar por el Parlamento, aunque, con  el tiempo, se nos levantara el confinamiento y nunca la tapa de los sesos por mor de un  impacto  mediático-político.
Desde que sus señorías nos hablaron de “felonías” ya pensamos que nos quedaba claro que el señorío se nos mostraba con guedejas medievales, que se quedaban enganchadas y colgando en las cercas del aprisco del feudalismo. Incluso  pensamos que la confinación histórica no les había permitido aprender del correr de los tiempos; un tiempo congelador y congelado para muchos.
El señorío  tácticamente hacía alarde de su dominio, y la historia aristocrática quedaba meciéndose en boca de “los tuvo”, es decir, de los que hacían memoria de sus antepasados: mi abuelo “tuvo”, mi padre “tuvo”, aunque en el presente no supieran si les quedaba algo de hidalguía.
Sus señorías tenían que decantarse, de alguna manera, por no perder los dominios y señoríos de sus palabras, porque las palabras soltadas al aire no se pueden recoger ya y guardarlas bajo la lengua.
Los señoríos han tenido sus tiempos y sus lugares marcados, pero lo que no nos pueden ya defender sus señorías, ni siquiera a cara de perro, es que las marcas de la patria señalizan un territorio vedado  y prohibido para los demás, porque el patrimonio nacional se haya escriturado, mentalmente, como nacionalista. A día de hoy, incluso las bulas políticas nos parece que han dejado de existir.
La apropiación indebida del cortijo patrio no está escriturada y ni siquiera puede inmatricularse a nombre de ningún monarca. Por tanto no sabemos a qué viene considerar el terreno patrio como propiedad de un partido o de dos o de aquellos a los que se les vaya antojando su dominio.
Flaco favor nos hacen sus señorías al concederse a sí mismos los señoríos de los que solo son sus administradores. Por mucho que nos quieran convencer, en el lenguaje administrativo, que vale igualmente para administradores y para administrados, no se encuentra ninguna palabra insultante.
Sin ir más lejos, en los módulos de la F.P. no se contempla este tipo de palabras en sus glosarios.
josemª          

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