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Energías  y  apuestas
Jose Maria Barrionuevo Gil. 12.09.20 
Después de muchas idas y venidas por la situación de España en el tema de la ludopatía y ante la avalancha de toda una tropa de anuncios publicitarios que “informan”, sobre todo, de las facilidades con que contamos para acceder a las apuestas, que tan insistentemente se nos ofrecen a diario y hasta con nocturnidad, sobre todo, el despliegue de ofertas de apuestas que se pueden hacer por internet, no está mal que reflexionemos un poco sobre el tema.
Los ingredientes de las apuestas, lo que con un eufemismo y denominador común se les ha venido llamando “juegos”, a secas, incluso omitiendo el complementario “de azar”, son muchos.
Sin embargo podemos hablar de uno de los ingredientes que no se tienen en cuenta a la hora de considerar las situaciones de juego y todos los rituales que pueden acompañarlo. Nuestras consideraciones no pretenden sentar cátedra ni defender una tesis esclarecedora y definitiva, ya que el estudio de un caso (N=1) no nos da para hacer mucha ciencia, que digamos. No obstante pensamos que nuestras energías pueden hacernos favorables la suerte, que ya vivimos. El caso fue que, hace unos treinta años, un buen fin de semana, nos juntamos tres parejas y se nos ocurrió, para variar, meternos en un bingo. Podemos añadir que el local había sido una espaciosa sala de cine.
Eso de tentar a la suerte estaba dentro de nuestros posibles. Entramos y nos sentamos alrededor de una amplia mesa con todas las comodidades que podían ofrecernos. Nos repartieron unos cartones que se compraban con total libertad. Cuando ya todo quisque había adquirido sus cartones, una chica le daba al bombo y uno  a uno iba sacando y cantando los números  de la suerte. Lo hacía con rapidez, con lo que se conseguía un silencio casi profundo por la atención que nos exigía el que no se nos escapara ningún número. Cuando alguien cantaba “línea”, se hacía un alto en el canto de los números y una de las chicas se acercaba para comprobar y pagar. Luego se seguía hasta que alguien cantara “bingo”. En la tercera jugada, un amigo de nuestra mesa cantó “bingo” y nos llenamos de un ánimo enorme, que favorecía a nuestras energías, ya que no era tan difícil sacar unas pesetillas para invitarnos a algo a la salida. A la cuarta ronda, otro compañero de nuestra mesa también cantó “bingo”. Aunque éramos jóvenes, todos nos pusimos de acuerdo y apartamos una cantidad pequeña de lo ganado para seguir jugando un par de rondas más. Cumplimos lo acordado y nos largamos.
Cuando salimos barajamos la posibilidad de ir a mayores desafíos con lo que habíamos ganado. Así surgió la idea de acercarnos a la semana siguiente al Casino, que nos resultó demasiado serio, porque te exigían pagar una entrada y ficharte con tus datos personales. Podemos ver que ya entrabas perdiendo. Además, tenías que cambiar el dinero por fichas, para que no te doliera tanto la sangría que pudieran hacerte. Nos repartimos y poco a poco íbamos dejando algunas ganancias en las pruebas de fuego. Sin embargo, una chica de nuestro grupo se cruzó con otra y le enseñó las 7.200 pesetas que traía de la ruleta. La otra se animó y se enfiló para allá. La primera jugada la hizo en vacío. Mientras se pagaba a los afortunados, escuchó de un señor cordobés: “Vamos a ver si me recupero del millón”. Si era verdad o farol no importa, pero la frasecita mosqueaba. Sin embargo, nuestra segunda chica arreció con su ficha de 200 pelas y “No va más” y bola que rula. Cuando la bola cayó en el número de nuestra chica, “¡Pleno!”, recogió su premio y rápidamente los seis  nos reunimos para hacer balance. Entonces, decidimos cortar la aventura y nos fuimos al salón de baile.
Cuando salimos, quedamos para cenar otro día, pero sin tentar más a la suerte. Nos dijimos que la lotería de Navidad nos la podíamos permitir, porque “una vez al año no hace daño”.
Más de una vez, en contra de la opinión popular, nos han dicho que la “tau” no es un amuleto mágico y que no tiene por qué dar buena suerte, sino que es un signo pobre y de dignidad de la pobreza, tan querida por San Francisco de Asís. Nos parece enormemente válido. Nuestra experiencia de jugadores experimentales, que no experimentados, nos confirmó en la deriva popular de la buena suerte que nos trajo esta letra, porque el nombre de las dos amigas que hicieron pleno en la ruleta del casino, aquella noche, empezaban por “T”. Nuestras energías se habían confabulado.
Podemos pensar que nuestras energías, y  más débiles en solitario, pueden sernos traidoras, si no cortamos pronto. Podemos preguntarnos, porque no es delito preguntar: ¿De dónde sacan el dinero para tamaña publicidad y tantos bonos de enganche y algunos premios y excelentes sueldos y...?
josemª                                                                                         
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