Tu diario. Libertad de expresion
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Podemos preguntar (y 2)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 07.11.20 
Como ya tenemos suficientemente claro que podemos preguntar, podemos preguntarnos también muchas cositas que nos embargan y encima sin aval alguno. Nos podemos preguntar muchas cosas, porque con el confinamiento, más o menos dulce o más o menos penoso, que nos espera, tendremos que volvernos hacia nosotros mismos y sacarnos de dudas sobre qué hemos podido hacer mal o, si por el contrario, qué rédito le hemos sacado al comportarnos de manera consciente.
Aquí nos sobran los modelos externos, porque nuestros espejos están azogados de egotismo y nadie quiere dejarse llevar por aquello de “escarmentar en cabeza ajena”. Nos parece que todavía somos muy de aquello de “que les den” y no precisamente albricias. La inconsciencia nos lleva muchas veces hasta a escupir para arriba. Somos únicos y como únicos que somos ¿qué se nos puede pedir de disciplina?
Nos podemos preguntar por qué los medios de comunicación se confabulan, incluso con fábulas nada inocentes, porque un sistema que hace aguas por todos sitios quiere echar todas sus aguas negras sobre el común de los mortales, y así nos sueltan desde sus cada día más endebles torres de marfil todas las “bondades” que le aquejan. En este pastizal escatológico las granzas ya nos deben oler mal, a no ser que nuestros olfatos, que se acostumbran con mucha facilidad, se encuentren satisfechos con olvidarse de tanta mugre, incluso con  una total falta de ventilación, aunque solo sea por aburrimiento o un poquito de desidia. No queremos repetir que “la respuesta está en el viento” ni decir que debe estar en los nuevos aires.
Nos podemos preguntar qué interés tienen los medios en sacarnos de nuestras casillas a todo trance, porque hay que consumir, porque hay que desoir, ya que no ver, lo que nos está pasando por el lado mismo de nuestras ya insensibles vidas. Podemos decir que nos invade un oxímoron social al contemplar que estamos rodeados de “medios”; unos medios que nos mediatizan y a la vez nos asedian, de noche y de día.
Nos podemos preguntar dónde, de dónde y cómo se construyen los relatos excesivamente mediáticos que nos dan la vara constantemente y que cuando se quedan en excedencia, porque no son verdaderos, hacen mutis por el foro y si te vi (cogido en el cenagal que se inventaron) no me acuerdo. Nos podemos preguntar por qué los ruidos siguen rebotando como una pelota aristocrática de padel por las redes sociales sin quedar frenadas en ningún momento en ellas.
Nos podemos preguntar por qué los medios, sobre todo los de muchas imágenes y pantallas, intentan a todo trance distraernos constantemente de nuestras cuitas, como si la distracción fuera la mejor medicina que puede curar nuestros males. Y no digamos si las distracciones son accidentes graves que se nos brindan como materia prima de nuestra hilaridad.
Nos podemos preguntar si no sería mejor leer más y contemplar menos, aunque sea solo por seguir  la ocurrencia de Groucho Marx de “retirarnos a leer, cuando alguien enciende la tele”. Podemos añadir que siempre que nuestra osadía de leer no nos lleve a la lectura de los periódicos que pertenecen a las mismas empresas que son dueñas de las teles tan tendenciosas, que nos sirven una parrilla “encantadora” (de serpientes, nos podemos decir).
Nos podemos preguntar si en todo este servicio informativo (o informacional) es correcto abusar de sinécdoques totalitarias que nos lanzan dia sí y otro, también, cuando nos meten a todos en el saco de la tauromaquia con lo de “Toros para todos”... o, por el contrario, se apropian de la titularidad tan española, reduciéndola a un pequeño grupo y desalojando al resto de la ciudadanía, como si hubiera nacido de las malvas y en un país exótico del que nunca hemos oído hablar (valga la redundancia).
Nos podemos preguntar si esta moda que se está extendiendo por la política, por la comunicación, por la publicidad... de un imperativo social del “Súmate a...”, que nos remite y nos incita a seguir a algo y con el que podemos pensar que nos están invitando a que tengamos un comportamiento de números, que es como nos suelen tratar muchas veces.
Como es difícil agotar el infinito número de nuestros interrogantes, dejamos aquí el tema y que cada uno se haga sus preguntas, que serán muy numerosas y en las que de ninguna manera nosotros podríamos haber caído. En suma, preguntar no es delito.
josemª  
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