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La culpabilidad de la gente sencilla.
Adriana Ruiz Díaz. 29.03.16 
Cuanto es noticia sucede cada día en la mesa de nuestro comedor, en estos días junto a las tortillas de bacalao, los penitentes y los pasos de Semana Santa, ha saltado la polémica sobre la sensibilidad de la gente ante los pasos de las cofradías y la falta de la misma a lo que está pasando con el pueblo sirio, un amigo calificaba ese comportamiento de simiesco.
No creo  que sean muchas las personas indiferentes frente la tragedia del pueblo sirio y su sufrimiento, no pocas habremos mandado ayuda reiteradamente con los medios de que disponemos.
No éramos indiferentes cuando Sarajevo sufría una carnicería constante o cuando los Hutus casi acabaron con los Tutshis en Ruanda. Nunca lo hemos sido.
En aquella España ya lejana de la posguerra, los españoles que llegaban a  Francia se morían de frío en las playas de Àrgeles, donde las desbordadas  y  ambiguas autoridades francesas los habían recluido sin más protección que las vallas de espino,  fue una tragedia similar a la de todos los nómadas de la beligerancia humana. Los que salieron de aquel campo de concentración lo hicieron muertos o para combatir a los alemanes en el frente. Es  lo que sucede en las guerras, la  terrible lacra humana de los fanatismos y la codicia, no superada por la evolución.
Asistimos impotentes una y otra vez a más imágenes de muerte de las que podemos soportar.
Hoy vivimos en un sistema en el cual parece que todos seamos directamente responsables de los males que asolan al planeta, como si esos que se lucran con el dolor ajeno fuésemos todos y cada uno de los ciudadanos occidentales. Los que trafican con el dolor permanecen  a salvo,  en cambio las víctimas de aquí y de allí son siempre las mismas.
A pesar de las imágenes efectistas que han circulado en estos días por las redes sociales al contraponer el rostro de una Dolorosa y la de un niño sirio, pienso que la gente tiene derecho a emocionarse con un paso de Semana Santa y con sus símbolos religiosos; a nadie le hacen mal. Nada tiene que ver una cosa con la otra. Lo que permanece de simiesco en nosotros es la guerra.
 Difícilmente en ningún otro momento de la Historia, personas que jamás se mancharon las manos de sangre, se sintieran tan autoacusadas, juzgadas y culpables como esta generación nuestra. La culpa no nos hace mejores ni más felices. Sólo que culturalmente estamos acostumbrados, nuestros pecados llevaron a la cruz a Jesucristo… hasta los no creyentes lo tienen asumido.
Saludos.
Adriana Ruiz.
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